La afirmación tajante de que el feto no sufre ni experimenta dolor, aseverada por la actual ministra de sanidad Dª Mónica García, carece de rigor a la luz de los avances neurobiológicos contemporáneos, máxime siendo ella misma médico anestesista. Sostener de forma dogmática que la percepción dolorosa exige una corteza cerebral plenamente madura ignora la función integradora de las estructuras subcorticales y talámicas. A partir del segundo trimestre —y de forma progresiva a lo largo de la segunda mitad de la gestación—, el sistema nervioso del nonato consolida vías funcionales, exhibiendo respuestas hormonales, hemodinámicas y reflejos defensivos ante estímulos lesivos.
Respecto a las fases previas al final del primer trimestre (antes de las 12-14 semanas), no existe consenso científico que avale la percepción de dolor. Los principales colegios médicos internacionales, como el Royal College of Obstetricians and Gynecologists británico o el American College of Obstetricians and Gynecologists, sostienen de forma mayoritaria que en esa etapa inicial el feto carece de la arquitectura neuronal y las conexiones necesarias para procesar el dolor consciente. Aunque algunos investigadores apuntan a la existencia temprana de receptores o vías en desarrollo hacia la semana 12, la comunidad científica predominante considera inviable el sufrimiento en el primer trimestre.
No obstante, desde el prisma de la bioética personalista, el ser humano en gestación posee dignidad intrínseca desde la fecundación. Por ello, ante intervenciones invasivas avanzadas donde la evidencia sí respalda el estrés fetal —y donde la cirugía intrauterina ya aplica analgesia sistemática—, negar el sufrimiento vulnera el principio de precaución y no maleficencia médica. Reconocer el dolor del nonato es, en definitiva, asumir la responsabilidad moral de proteger la vida humana más indefensa.
José Ignacio Centenera Jaraba
Vicepresidente de AEFAS