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José López Guzmán

Miembro de la Asociación Española de Farmacia Social (AEFAS)

 La medicina alternativa, no convencional o complementaria está sufriendo una dura confrontación con la medicina alopática, convencional o de la evidencia. Aunque sería más correcto decir que la pugna se suscita entre los acérrimos defensores de una u otra. Por ejemplo, baste incluir en un escrito o un discurso la palabra homeopatía para que el debate esté servido.

No entiendo que existan estas disputas en el ámbito científico o, al menos, no concibo que llevemos tantos años sin que se solventen. Si los científicos conocen las evidencias, las autoridades sanitarias se encargan de la protección de la salud de la población,… tendrá que existir alguna razón por la que algunos científicos entiendan que un determinado tipo de medicina es un fraude y otros no; alguna justificación de porque las autoridades sanitarias amparan determinadas prácticas que otras cuestionan; porqué ciertos Colegios profesionales tienen vocalías dedicadas a ellas, y otros las retiran por vergüenza; cual es la razón por la que unas Universidades imparten másteres sobre determinadas medicinas, y otras los descartan por considerarlos un timo; porque algunas Sociedades profesionales se mofan de ellas y otras las defienden, etc. Mientras tanto, el destinatario de esas prácticas, el paciente, observa con desorientación y desconfianza las discrepancias de aquellos encargados de mostrarle el camino cierto para la protección de su salud. 

Pues bien, ahí quería llegar, al paciente. A ese sujeto que habría que darle confianza y no incertidumbres, habría que ofrecerle una buena educación para la salud y no una papeleta para el bingo de la salud... ¡a ver si hay suerte!

Un paciente que, por otra parte, consume cada vez más medicamentos y utiliza con más frecuencia distintas alternativas médicas, incluidas las denominadas alternativas o complementarias. 

Pero, ¿cuál es la causa de esta situación? En principio, podríamos señalar tres posibilidades:

a)La primera, que sean los distintos agentes comerciales, que se aprovechan de la actual desorientación del paciente, fomentando en ellos la búsqueda de nuevas alternativas menos agresivas, más novedosas, etc.; 

b)La segunda, que la propia cultura actual, y su trasfondo hedonista, que elude la aceptación de cualquier molestia, sea la que haga a las personas más propensas a buscar cualquier alternativa, sea la que fuere, para solucionar su problema; 

c)Y la tercera, la he leído esta semana en el British Medical Journal y me ha parecido pertinente aportarla a esta reflexión. Rimmer (BMJ, 2018) indica que, si la medicina complementaria es un fraude y si su único valor es el posible efecto placebo, mientras que, por otra parte, su utilización se va incrementando paulatinamente, esto debería hacernos pensar que quizás la población se acerca a este tipo de alternativas porque las terapias convencionales “no están satisfaciendo una determinada necesidad; no les estamos dando suficiente paciencia, compasión o empatía a los pacientes”.

En conclusión, creo que los pacientes, los profesionales sanitarios y la sociedad en general necesitan que, en relación a las medicinas complementarias o alternativas, se abra un debate riguroso desde el plano científico, coherente desde el político, uniforme desde el corporativo…y humanístico, centrado en el bien del paciente, desde cualquiera de ellos.

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