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Por José Ramón García Soláns


Nos dice el diccionario que Debutante es “el que debuta”. Esclarecedor, ¿no capitán obvio? Vale. ¿Qué es debutar? “Presentarse por primera vez en público.” Eso lo entendemos; una compañía de teatro en la primera representación de una obra, un artista que muestra sus nuevos trabajos, la “muchacha que hace su presentación en sociedad, generalmente en la misma ocasión que otras.” Eso nos suena a decimonónico en Viena o Mónaco, pero también lo recoge el diccionario (sic).

    Todos los que bregamos en la trinchera del mostrador encontramos con asiduidad  pacientes a los cuales se presenta de nuevas una patología; son nuestros debutantes.

    La enfermedad es natural, consecuencia de vivir, envejecer y luchar con virus, microbios, alérgenos, priones… y políticos.

    A veces afrontamos enfermedades autolimitadas para las cuales podemos indicar tratamiento en la farmacia comunitaria. Otras, un poco más complicadas, precisan de diagnóstico médico y fármacos de prescripción aunque sean limitadas en el tiempo, al menos si se abordan y tratan adecuadamente. De las de larga duración, crónicas, podemos distinguir dos tipos de patologías: las esperables y las que no. 

    Llamo esperables a aquellas que el imaginario colectivo asocia a la edad: molestias ligadas a la menopausia, vista cansada, disfunción eréctil, próstata, etc.

    Hay otras que, aunque ligadas directamente a la edad; ojo seco,  problemas circulatorios, dificultad para dormir… no se asocian con la misma y no son tan asumidas.

    Incluso hay enfermedades que “visten”; decir que tengo colesterol alto está socialmente aceptado. ¿No has visto competiciones entre pacientes a ver cual tiene más? “pues yo tomo los yogures de fulanito” “quita, quita, donde esté el producto tal de la herboristeria...” Eso sí; natural. Tiene que ser natural. No sé qué será lo otro, pero el remedio “bueno” es el natural. 

    Con los fármacos para la disfunción eréctil está pasando como con los preservativos en su inicio; después de años de comprarlos a escondidas se empieza a perder el miedo a que mi farmacéutico, o la vecina de al lado sepa qué compro en la botica.

    Sigue habiendo otros pacientes con enfermedades tipo “Nicodemo”, avergonzados de su patología: usuarios de bolsas de ostomía, tuberculosos, seropositivos, que acuden a una farmacia a por lo común y a otra, alejada de su casa, a por lo más especial según ellos. 

    Volviendo a los del colesterol de antes. ¿Cuantas veces hemos oído “el médico me manda pastillas pero no quiero tomarlas”?, “Me ha bajado y dejé las pastillas” Igual que la enfermedad es connatural a la especie humana, también lo es el pensamiento de que siempre vamos a ser jóvenes, dinámicos y muy sanos.  ¡Ay, vanidad! No es así. A todos nos cuesta aceptar que ya no somos tan jóvenes ni tan atléticos ni tan sanos.

    El ponerse gafas está socialmente aceptado, empezar a usar fármacos de manera crónica sigue siendo tabú. La expectativa es poder dejarlos cuanto antes, los del colesterol especialmente, ídem los de la EPOC, asma, depresión… No se asimila que “eres”, no que “estás”.

    El primer verano que estrenas una manguera llegas regando hasta la otra esquina del jardín, el segundo hay que darle un pellizco a la punta para que el chorro abarque todo lo regable, el tercero o cuarto hay que moverse más, después aparecen grietas en la manguera, usamos la cinta americana, y al final, cambiamos la manguera cuarteada. ¡Y esperamos que las arterias y venas nos duren íntegras y flexibles cien años! Loable intención, pero desacertada. Como no podemos cambiar nuestras mangueras tenemos que recurrir a fármacos que mejoren su elasticidad y rebajen la presión interna; estatinas y antihipertensivos, por ejemplo.

    Pero volvamos a nuestros debutantes: ¿cuantas veces les hemos oído “por qué a mí si yo nunca / si yo siempre...” Hasta un anuncio de seguros en televisión está haciendo uso de esa creencia. Si yo nunca como grasas, si yo nunca he fumado, si yo ando cinco kilómetros, si yo no bebo más de una botella de vino diaria, si yo soy vegetariano integral, si yo nunca pruebo la leche, si yo siempre tomo lácteos, si yo... 

    Les cuesta. Mucho. No tanto como dejar de fumar pero cuesta.

    Se aprecian varias fases: 

    Negación. La primera en la frente. Tras el diagnóstico y la prescripción aparecen todas esas frases de antes que responden al “por qué a mí”. Es curioso cómo algunos niños pequeños que debutan en DMT1 se adaptan muy rápido y asumen el control de su tratamiento. El problema es que el paciente no quiere ni aceptar el diagnóstico ni poner en práctica las medidas necesarias para mejorar su situación.  “Cuando me duela el estómago me tomaré el protector” Lo que no sabe es lo que sabemos nosotros, boticarios; que en el estómago no hay terminaciones nerviosas de dolor. Puede esperar a que se congele el infierno antes de tener dolor. Las úlceras se detectan por anemia o por sangre oculta en heces antes que por dolor de estómago. Hay patologías de muy lenta evolución que pueden esperar a que las traten, en otras (diabetes p. ej.) retrasar el tratamiento es peligroso. Desde el mostrador se detecta fácil ese estado: una receta de especialista en papel es una pista ideal. Hacer una buena dispensación ayuda muchísimo al paciente a superar esta fase y la siguiente.

    Ira. Te enfada, les enfada sentirse incompletos, darse cuenta de los estragos del tiempo, de necesitar ayuda externa sean muletas, gafas o pastillas. 

    Depresión. El siguiente paso es deprimirse al darse cuenta que la sentencia es cierta. Que no vamos a ser “normales” en el sentido estadístico, que necesitaremos ayuda en mayor o menor grado, que ciertas cosas asumidas como hábitos pasan a ser lujos. 

    Negociación. Intentas pactar con el médico, con la enfermedad. No es posible. Tu páncreas no va a producir más insulina por tu voluntad. Negocias cuanto adelgazar, cuantos fármacos tomar, qué controles realizar, qué visitas al médico/ enfermera/ farmacia hay que introducir en la agenda habitual...

    Y por último aceptas tu estado. Asumes que “eres”, no que “estás”. Y a partir de ese momento retomas el control de tu vida, puedes crear, crecer de nuevo. Pero sólo si de verdad cooperas y dominas la enfermedad. Un diabético puede desarrollar una vida plena y rica. El riesgo de infarto (reinfarto) se puede limitar.  El asma no impide irse de excursión. El colesterol no impide comer nada.

    Desde que el especialista emite su diagnóstico y prescribe un tratamiento: “tómese esto, pínchese aquello, aspire de aquí...” hasta que el paciente lo asume, ve al médico de familia cuando acude a incluir la medicación en receta electrónica, a la enfermera si tiene que hacer alguna prueba o recibir algún aparato. A nosotros nos ve desde el día siguiente a la prescripción.

    Y ahí tenemos un gran papel, una gran oportunidad en quitarle al paciente falsas culpabilidades, desmontar tabúes, acortar sufrimiento añadido por las dudas. Es nuestra responsabilidad con el paciente. Es nuestro trabajo.

    Para ello debemos saber más que el paciente desde el inicio, que sabemos. Debemos conocer las fuentes, internet, ubicua internet, en las que el asustado, enfadado, deprimido paciente va a beber. Debemos actualizar nuestra formación, conocer los fármacos y tener las capacidades de comunicación necesarias para trasmitir en su lenguaje nuestros conocimientos, acompañarle en su travesía a su nuevo estado, empoderarle (¡toma palabro!) y convertirnos en su aliado, consultor, confidente, en el asistente de su salud. ¿Os suena? Es lo que hacían nuestros padres y abuelos; conocer al paciente, querer al paciente, ponerse en su lugar (empatía le llaman) y recomendarle lo que sabemos que necesita.

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