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El otro día me encontraba buscando una portada apropiada para este ensayo. Tras buscar diferentes imágenes en Google de farmacéuticos, observé que la mayoría de las fotos (obviamente preparadas) presentaban al farmacéutico en cuestión con una pose profesional, observando con atención los medicamentos que dispensaba y en no pocos casos, explicando a la persona que tenía delante cuestiones sobre la "pastilla" que estaba a punto de entregar. Ninguna acababa de convencerme. 

Al cabo del rato, encontré una página web para niños que contenía diferentes dibujos en blanco para que los críos se dedicaran a pintarlos. Y cuando encontré el dibujo que se encuentra en la portada de mi trabajo, observé la descripción que se situaba en la parte inferior de la página: "Farmacéutica: Vende los medicamentos". Sabía que había encontrado la portada apropiada.

Sí. Estudio Farmacia. Y sí. Me gusta Farmacia. Y por supuesto, me he hecho la pregunta que figura en la portada de este ensayo en no pocas ocasiones a lo largo de estos cuatro y productivos años de universidad. Puede parecer una pregunta sencilla. Incluso una pregunta inocente se podría decir. 

Siempre he pensado que es lógico que una persona se pregunte a que se dedica cada profesional, y en la mayoría de casos la respuesta es bastante sencilla. Un químico sintetiza e investiga compuestos, un médico diagnostica y trata a sus pacientes, un periodista recoge información sobre sucesos que acontecen en el mundo y la organiza para presentársela al público… Pero ¿Y nosotros? ¿Qué hace un farmacéutico en una Oficina de Farmacia?

Hace ya muchos años la respuesta a esa pregunta era bastante sencilla. Sin rodeos: formulábamos medicamentos. Una función compleja (como bien nos hacen descubrir nuestros profesores durante la carrera) para la que solo el farmacéutico estaba cualificado, con una alta responsabilidad hacia el producto final elaborado, y por lo tanto, sobre el paciente que se lo administraba. Una función que gozaba de un gran respeto por parte de la sociedad.

Pero… ¿Y ahora? ¿Qué hace un farmacéutico?

Todo estudiante de Farmacia ha tenido que responder a esta pregunta, tanto a sí mismo, como a otras personas. Y cuando ese momento llega, para que nos vamos a engañar, lo pasamos bastante mal.

Nuestra primera reacción natural es exponer de forma elegante nuestro punto de vista. Ese punto de vista adquirido durante nuestros estudios: no somos tenderos. Somos profesionales sanitarios. Hacemos seguimiento farmacoterapéutico al paciente y le recomendamos el mejor remedio para su enfermedad, explicándole los pros y contras de su medicación mientras le ofrecemos consejos sanitarios con los que mejorar su salud y calidad de vida.

Que bien suena ¿verdad? Uno se va a casa a gusto consigo mismo, sintiendo que ha hecho los deberes y que merece la pena su esfuerzo.

Y así nos quedamos tranquilos, hasta que llega ese día en el que, por un motivo u otro, tenemos que acudir a la farmacia de la esquina. Ese momento en el que entregamos al farmacéutico la receta médica. Ese momento en el que vemos como el farmacéutico coge esa receta y, sin explicarnos nada de la medicación, sin preguntarnos si tenemos alguna duda, si estamos tomando otros medicamentos, sin explicarnos los abundantes efectos adversos que puede provocarnos, sin comprobar que realmente ese es el tratamiento más adecuado para nosotros, sin preguntarnos ni siquiera si ese medicamento es para nosotros, para nuestra abuela o para un niño pequeño, nos vende la cajita y nos cobra, eso sí, con gran educación y amabilidad. Ese momento en el que el farmacéutico se convierte en eso que días atrás estábamos negando y descubrimos que no es un profesional sanitario, sino que es un tendero.

¿Qué hace un farmacéutico? Vende medicamentos.

Dicen que el primer paso para superar una enfermedad es admitir que se tiene esa enfermedad. Creo que eso podría aplicarse perfectamente a nuestra situación.

Si no admitimos y comprendemos la situación en la que se encuentra la Oficina de Farmacia en la actualidad en España, difícilmente podremos empezar a mejorarla.

Cuando una sociedad ve que una profesión no aporta algo a la sociedad, mientras consume una gran cantidad de recursos (formación exhaustiva durante cinco años en una universidad), esa profesión tiene los días contados.

No podemos seguir insistiendo a la sociedad sobre lo importantes y necesarios que somos. Tal vez sea hora de hacer autocrítica constructiva sobre los errores que hemos cometido y preguntar por una vez a la sociedad, que al fin y al cabo, es la razón de ser de cualquier profesión, que es lo que necesitan y esperan de nosotros realmente.

Ahora bien, una vez respondida la pregunta de qué es lo que hace un farmacéutico en la actualidad, viene otra pregunta. Una pregunta más esperanzadora. ¿Qué es lo que debería hacer un farmacéutico? Intentaré responder a esta pregunta en tres puntos diferenciados, con propuestas bastante concretas.

En primer lugar, un farmacéutico debería ganarse ese nombre que tanto nos gusta ponernos a nosotros mismos: el profesional del medicamento.

Porque para ser el profesional de un medicamento no basta con venderlo. Si hemos estado cinco años de nuestra vida estudiando ese medicamento, y se supone que mantenemos una formación continuada a lo largo de nuestra vida profesional, debemos asumir una responsabilidad sobre esos conocimientos que hemos adquirido. No tiene ningún sentido empezar a reclamar diferentes áreas profesionales y centrarnos en asuntos dispersos y accesorios de la Oficina de Farmacia (consultas dietéticas en las farmacias, mayor control de parafarmacia y productos sanitarios, venta de productos cosméticos, análisis clínicos, campañas de detección precoz de enfermedades, numerosos cursos de gestión y marketing en lugar de cursos realmente sanitarios...) cuando lo más básico y esencial de nuestra profesión sigue sin realizarse en la mayor parte de las farmacias españolas. Control de la medicación, dispensación (realmente informada, no una simple venta), detección de interacciones y reacciones adversas a la medicación, seguimiento farmacoterapéutico, indicación farmacéutica con auténtico criterio profesional (y no meramente comercial)...Estas deberían ser realmente las bases de nuestro trabajo diario. ¿Cómo podemos pretender que el resto de profesionales nos valoren y nos tengan en cuenta cuando no realizamos nuestro trabajo, y en lugar de eso nos dedicamos a explotar otros campos de trabajo ajenos al medicamento? ¿Cómo podemos hablar con tanto orgullo de la atención farmacéutica cuando lo raro a día de hoy es verla en práctica?

Cualquier persona que tenga el gusto de darse una vuelta por una farmacia comprobará rápidamente como se han convertido en tiendas de productos cosméticos y productos dietéticos. En numerosas ocasiones cuesta recordar que su función principal está relacionada con el medicamento y el paciente (o al menos debería estarlo).

El nombre de profesional del medicamento todavía debemos ganárnoslo, y hasta que eso ocurra, debemos centrarnos en conseguirlo.

En segundo lugar, y entendiendo que el efecto del medicamento sobre el paciente debe ser nuestra auténtica razón de ser, debemos encontrar nuestro auténtico hueco en el sistema sanitario con la capacidad de acceder a la información sanitaria de nuestros pacientes.

No podemos seguir luchando por participar en la salud del paciente si ni siquiera podemos acceder a su historia clínica para poder hacer correctamente nuestro trabajo. ¿Qué clase de profesional somos si actuamos sin tener conocimiento de la persona que tenemos delante? ¿Realmente podemos tomar decisiones clínicas competentes y atribuirnos su responsabilidad si no tenemos las herramientas necesarias para hacer nuestro trabajo? ¿Es que no está el farmacéutico lo suficientemente capacitado tras su amplia formación sanitaria universitaria para poder acceder a los datos básicos del paciente, estando además obligado por ley a guardar secreto profesional como cualquier otro sanitario del sistema de salud?

Si no somos capaces de unirnos para reclamar algo tan esencial como es la historia clínica para trabajar con nuestros pacientes en condiciones, no podremos realizar nuestro trabajo.

En tercer lugar, es necesario exigir la capacidad real de intervenir, y esto pasa por la posibilidad de poder modificar y prescribir la medicación del paciente, que por algo es el centro de nuestro trabajo. ¿Qué clase de ejercicio sanitario vamos a realizar si no tenemos libertad para poder retirar inmediatamente una medicación que está causando un daño al paciente y en lugar de eso tenemos que derivar a otros profesionales para que ellos realicen esta función? ¿Es que nuestros amplios conocimientos en farmacología, bioquímica, fisiología, farmacoterapia, farmacocinética, biofarmacia, fisiopatología, formas farmacéuticas, fitoterapia y toxicología no son suficientes para aspirar a realizar algo que otros profesionales con un conocimiento más limitado de algunas de estas ciencias llevan años realizando?

Mientras no nos unamos para reclamar este derecho que nos permita aportar servicios profesionales reales a la población, siempre buscando su beneficio, seguiremos estancados como profesionales.

Y si esa búsqueda real y necesaria del bien del paciente conlleva choques frontales en algunos temas con otros colectivos, así como la colaboración en determinados temas, tal vez esos choques y esa colaboración sean igualmente necesarios y deban resolverse dialogando hasta alcanzar auténticos consensos y protocolos, buscando un trabajo multidisciplinar que, hoy por hoy, sigue sin realizarse en la Oficina de Farmacia, siempre recordando que el fin último es alcanzar la máxima salud posible en el paciente.

Llegados a este punto y repasando el ensayo realizado, un servidor empieza a pensar que podía haber hecho un trabajo sobre lo bonito que es ser farmacéutico, lo formados que estamos y la confianza que la población deposita en nosotros, pero dicen que de los errores se aprende, y no tengo ninguna duda de que eso es cierto. Si no admitimos nuestros errores, jamás seremos capaces de solucionarlos.

La profesión farmacéutica está en crisis desde hace bastantes años. Eso es algo innegable. La búsqueda de adquisición de nuevas competencias y los cambios que se están produciendo en los productos y servicios que se venden en las Oficinas de Farmacia es buena prueba de ello. Pero en los momentos de crisis es cuando la gente saca lo mejor de sí misma, aprende de sus errores y, sobre todo, evoluciona. Ya va siendo hora de cambiar la situación y centrarse en nuestra razón de ser: la relación del medicamento con el paciente. Debemos recuperar el prestigio, la responsabilidad, la dignidad y la necesidad de la Farmacia para que así, cuando alguien nos pregunte qué es lo que hace un farmacéutico, o incluso nos lo preguntemos a nosotros mismos, podamos responder con la seguridad y confianza que merecemos: "¿Que qué es lo que hace un farmacéutico? Salva vidas. Ayuda a la gente. Es un sanitario. Es el profesional del medicamento".

Tal vez llegue el día en el que tengamos tan clara nuestra función que ni siquiera tengamos que parar a preguntarnos qué es lo que tenemos que hacer.

Sí. Estudio farmacia. Y sí. Me gusta Farmacia. Y por eso mismo, pienso que es hora de colocar a esta profesión en el lugar que le corresponde.

Pablo Gimeno López 

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