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Los tiempos van cambiando, y así lo hace el farmacéutico. Mirando atrás en el tiempo nos encontramos con una evolución acorde a las necesidades de la sociedad, los descubrimientos científicos y fundamentalmente los cambios en las leyes y la política. 

Antes de hablar del farmacéutico del siglo XXI es necesario conocer quién es este profesional. Las salidas profesionales una vez terminada la carrera son más amplias de lo que se cree al comenzar. Los farmacéuticos del S.XXI se enfrentan a un panorama prometedor pero complejo: distintas posibilidades de desarrollo profesional en áreas y sectores muy diferentes. Dado el alto porcentaje de farmacéuticos que desempeñan su labor en Farmacia Comunitaria, me limitaré a este sector: el boticario. 

Éste señor de bata blanca no es más que el experto en medicamentos de pie de calle, ese amigo que aconseja sobre la salud: Indica, Dispensa y nos pregunta cómo estamos (Seguimiento Farmacéutico).

Somos profesionales sanitarios, que no nos confundan con meros vendedores o empresarios. El paciente siempre ha estado en nuestro punto de mira. Ahí es donde se refuerza la labor del farmacéutico del siglo XXI.

Digamos que el nacimiento de este farmacéutico tuvo lugar en 1995 con la formación de la Agencia Europea del Medicamento (EMA), suponiendo nuestra plena integración a la Unión Europea.

A principios de la década de los 90 vivíamos épocas de saturación en el lanzamiento de fármacos en cualquier especialidad. Esta barra libre de medicamentos existente en España se frenó y comenzaron a surgir importantes estrategias de alianza y fusión con el punto de mira en la investigación. Pero no olvidemos que el farmacéutico forma parte de un equipo sanitario. Nuestro pasaporte europeo también afectó al colectivo médico, nació la Medicina Familiar y Colectiva; debían concienciarse de la relación calidad-precio y la existencia de los genéricos a la hora de prescribir. 

Se habla de una revolución silenciosa, de carácter ético legal debido a esa autorregulación transferida por primera vez a las diferentes comunidades autónomas, vigente hoy en día. 

A día de hoy, 21 años más tarde, ¿qué nos depara el futuro?

En la actualidad pocas moléculas nuevas superan todas las pruebas de la maratón clínica y llegan al mercado. Los medicamentos existentes son difíciles de sustituir, así que las farmacéuticas consiguen el beneficio mediante la vía rápida: compra-venta interestatal, puesto que la legislación permite el libre comercio europeo.

A mi modo de ver, en España sólo nos sentimos europeos en el aspecto mercantil – la vía rápida- , en vez de tratar de evolucionar como profesionales sanitarios adoptando modelos y prácticas similares de Europa. Compartir conocimiento no es dividirlo, sino multiplicarlo.

Nuestros vecinos portugueses mantienen un modelo sanitario  de cobertura universal similar al español donde los fondos para pagar los servicios sanitarios son eminentemente públicos, el modelo Beveridge. Sin embargo, debido a la crisis fueron pioneros junto con Alemania y Francia en instaurar importantes copagos asistenciales. Particularmente en Portugal se divide en cuatro tipos según patologías y pacientes: 

•Categoría A (1% del total del mercado de reembolso): los pacientes no pagan nada por estos medicamentos que salvan vidas.

•Categoría B (10%): destinado a pacientes crónicos que aportan un 5% del precio.

•Categoría C (49%): los pacientes con enfermedades graves abonan el 31% del precio.

•Categoría D (40%): medicamentos no prioritarios en los que se abona el 63% del precio.

El fin de todas las políticas instauradas en Europa de copago es la protección económica del paciente evitando gastos sanitarios catastróficos. Los niños, embarazadas, pacientes de bajos ingresos y discapacitados son los únicos que quedan exentos.  

En 2012 fue instaurado en España, a diferencia de Portugal donde se mira más por el tipo de patología se clasifica en función de la renta: TSI001 (0% aportación), TSI002 (10%: pensionistas), TSI003 (40%: titulares activos), TSI004 (50%), TSI005 (60%), TSI006 (30%: mutualistas). 

Aunque al principio creó una alarma social, se consiguió sobre todo disminuir el abuso de fármacos. Poco a poco la población española ha ido tomando conciencia de lo costosos que son los servicios médicos, muchas veces innecesarios. 

No obstante, nuestro copago todavía está bastante verde en comparación con Portugal donde la atención ambulatoria y atención primaria es de pago (aumentó de 3,80€ a 10€). Para ello me remito al PIB de cada nación (10,2% frente al 9,3% español) y al porcentaje que representa en gasto de medicamentos este indicador (1,8 frente a 1,6%).

Portugal es sólo el inicio, a día de hoy la meta  del copago está en Francia, considerado por la OMS como uno de los mejores modelos sanitarios del mundo. Su financiación se basa en cuotas aportadas por empresas y trabajadores; el paciente sólo abona los servicios previamente hasta que son reembolsados por el Estado.

El futuro está en la prestación. 

Con un 11% de su PIB destinado a Sanidad, el copago se añade a las visitas del médico y pruebas diagnósticas (hasta un máximo de 4€ al día desde 2005), transporte y medicamentos (0,5€ por envase desde 2008). La cobertura de estas prestaciones no siempre es del 100%, estando definidas en listas positivas pagando directamente por los servicios hasta recuperar la parte correspondiente. Gracias a este modelo, Francia ha visto crecimiento en la inversión de gasto sanitario per cápita en la última década, según datos de la OCDE.

Por otro lado, España tiene otra vía de futuro del modelo sanitario:  las aseguradoras. En Alemania los usuarios aportan parte de su sueldo asegurando la asistencia sanitaria. Los copagos se limitan al 2% de los ingresos brutos de los hogares (1% en enfermedades crónicas), y un margen de 5 a 10€ por medicamento.

El modelo español está en la casilla de salida de este juego del copago. Los futuros gobiernos deberían consultar con el farmacéutico del siglo XXI para la implantación del mejor modelo sanitario. 

Entonces, ¿qué es lo que hacen otros farmacéuticos que debemos mejorar?

A pesar de que los modelos sean diferentes, en España el papel del farmacéutico está bastante infravalorado por la sociedad. Vendedores de cajitas nos llaman.

Para verlo más claro simulemos un caso puntual de un día cualquiera en Oficina de Farmacia y cómo es llevada a cabo la Atención Farmacéutica.

Un paciente acude a la farmacia con dolor agudo solicitando algún tipo de analgésico.

Desde la teoría, el farmacéutico deberá obtener mediante preguntas información relevante a fin de poder indicar el medicamento idóneo para ese paciente, teniendo en cuenta la medicación que pueda estar tomando, ya que desgraciadamente en España no se tiene acceso al historial clínico del paciente. 

El resto es una mera venta como la de cualquier establecimiento, añadiendo indicaciones de cómo tomarlo. 

En la práctica, muchas veces es el propio paciente quien acude solicitando el fármaco que cree que es el que le conviene  o bien se omite la entrevista y la atención farmacéutica queda reducida al segundo paso: la venta.

En este caso, el problema de salud es básico de un paciente de paso, por lo que se despacha rápidamente. El farmacéutico del siglo XXI debe de ser un profesional competente por lo que nunca puede omitir la primera parte. 

No debe olvidar que el fin siempre es el paciente,  y la dispensación – no es una venta – ha de ser personalizada. Cuando el paciente recibe este trato lo que gana es confianza y comienza a vernos como un profesional sanitario cuya labor es indiscutible, como en Gran Bretaña o Francia donde incluso algún paciente se nos dirige como Doctor – debido al completo plan de 7 años de estudios universitarios. 

Puede ocurrir que el paciente, como muchos alemanes, sea distante y por tanto hay que hacer más hincapié; al fin y al cabo la diferencia con un supermercado está en el asesoramiento, si se elimina, ¿se nos podría seguir llamando farmacéuticos?

 Asimismo, mejor prevenir que curar; un par de segundos de entrevista pueden evitar los principales PRM y RAM de hoy en día. Los farmacéuticos alemanes llegan a dedicar 15 minutos a cada paciente, si es necesario. 

La verdadera labor del farmacéutico del siglo XXI se ve sobre todo en la praxis ante un paciente crónico sujeto a un tratamiento de prescripción médica. Las nuevas tecnologías han ido evolucionando e incorporándose a las oficinas de farmacia.

En España, la receta médica en papel ha desaparecido prácticamente desde la instauración de la receta electrónica,  la fecha varía según comunidad autónoma.

Hoy en día el paciente acude a la farmacia con la tarjeta sanitaria y en pantalla el farmacéutico puede acceder a los datos necesarios y la medicación correspondiente, al igual que en Francia. Sin embargo, la gran diferencia sobre la que tenemos que mejorar en España es la conexión a nivel estatal. Un paciente francés puede acudir a cualquier farmacia y el farmacéutico tendrá acceso a todos los medicamentos dispensados en Francia en los últimos 4 meses, tanto de autocuidado como los sujetos a prescripción médica. 

En cambio, la tarjeta sanitaria española sólo es válida – como portal de la receta electrónica – en la comunidad autónoma del paciente, sin aportar información de la historia clínica. 

 Así como el copago permitió una reducción del abuso de medicamentos, la receta electrónica recopila el tratamiento sujeto a prescripción médica completo de ese paciente. Esto es, más información para el farmacéutico. 

La tecnología nos facilita el trabajo, pero no debemos supeditarnos a ella. El farmacéutico del siglo XXI no es autómata, debe conservar su papel de siempre: seguir aconsejando y evaluar la verdadera necesidad del fármaco que ha prescrito el médico.

Lo que me lleva a otro punto, la relación existente con el médico. En general, la actitud de los médicos españoles no permite la cooperación y comunicación fluida con el profesional del medicamento; es decir, el farmacéutico. Ante un error poco podemos hacer, derivar al médico hasta marear al paciente. 

En países como Gran Bretaña esta relación es bastante estrecha existiendo una comunicación diaria, facilitando así la resolución de problemas. El farmacéutico británico recibe consultas de los médicos sobre qué prescribir, nos ven como el experto del medicamento puesto que somos la primera línea de acción. Así debe de ser el farmacéutico del siglo XXI en España.

 Asimismo, otro aspecto curioso del resto de países europeos es la consulta farmacéutica. La legislación actual no permite acceso a la historia clínica del paciente en España, lo que dificulta la labor al farmacéutico. Por ello, poco a poco las oficinas de farmacia van incorporando una sala para consultas de manera privada, como si de un médico se tratara. 

Estamos acostumbrados a ver la oficina de farmacia como un espacio con un amplio mostrador tras el que se posicionan los farmacéuticos y están almacenados por orden alfabético los medicamentos. 

Para conseguir un mayor acercamiento al paciente, no es extraño ver en el resto de Europa pequeños puestos de trabajo y el farmacéutico moviéndose por la farmacia dispuesta a modo de supermercado.

Se consigue romper con este distanciamiento, así como la eliminación del uso de la bata en Gran Bretaña. Desde mi punto de vista, la bata otorga autoridad al farmacéutico, por lo que aunque parezca antiguo, en el siglo XXI deberíamos seguir llevándola para recordar que somos profesionales sanitarios.

La incorporación de la sala de consultas transmite confianza al paciente. Es ahí donde en otros países como Alemania, Gran Bretaña y Francia incluyen servicios profesionales principalmente analíticos, además de una entrevista personal con la ficha técnica del paciente habitual.

Ya se ha mencionado el dossier francés donde se recopila también la información de productos de autocuidado adquiridos por el paciente, un plan más individualizado que facilita el Seguimiento Farmacéutico. 

Por ejemplo, en Escocia, cuando el paciente habitual acude a la farmacia, el farmacéutico recurre a su ficha técnica donde se incluyen anotaciones de la información que aporta el paciente sobre su tratamiento y el trato es muy personalizado. 

En España, salvo en determinadas oficinas de farmacia, el Seguimiento se realiza de memoria. 

Por otro lado, en la línea de los avances tecnológicos, el farmacéutico del siglo XXI también es un farmacéutico virtual. La venta de fármacos no sujetos a prescripción médica online se aprobó como medida de regulación de la venta ilegal por internet. 

En países como Alemania, nos llevan ventaja, la sociedad ya se ha acostumbrado. Sin embargo, por muy cómodo que pueda resultar, se está omitiendo toda esta labor fundamental del farmacéutico: la Atención Farmacéutica. La venta online – ya lleva la palabra venta en vez de dispensación – desequilibra la balanza hacia el aspecto económico, fomenta el afán de lucro. El paciente pasa a ser un usuario, un comprador. 

En circunstancias excepcionales como lugares rurales sin farmacia puede ser una solución al problema de la incomunicación. Sin embargo, a parte del consejo farmacéutico, el paciente necesita el medicamento de inmediato y no a las 24h. 

La venta online podría ser un buen futuro para el farmacéutico del siglo XXI, siempre y cuando exista una regulación rigurosa acompañada de un foro tras el que se encuentre un farmacéutico o la opción de videoconferencia.

La mayoría de los medicamentos que se venden en internet son analgésicos, cuando precisamente el test del dolor se basa en la expresión de la cara del paciente. Por internet, tras una pantalla de ordenador, ¿cómo se accede a esa información?

Antes de proseguir con esta novedad, deberíamos establecer bien las reglas del juego. En Suiza se lleva a cabo desde hace años, incluso fármacos sujetos a receta médica que deben ser recogidos en persona en la oficina de farmacia. Francia también ofrece este servicio de la misma manera, ¿por qué no desarrollarlo así en España? 

En definitiva, el farmacéutico del siglo XXI tiene parte del boticario de toda la vida con la ayuda de las nuevas tecnologías. Pero por ello, no debe olvidar que es ayuda y no sustitución. Al formar parte de la comunidad europea deberíamos adoptar medidas como las de nuestros países vecinos descritas anteriormente: mayor dedicación a la entrevista farmacéutica – incluyendo la opción de consulta en las oficinas de farmacia - , implantación de un registro para asegurar un buen Seguimiento Farmacéutico como en Francia, aunque esto comienza desde el plan de estudios universitarios, y velar por el paciente para poder recuperar el prestigio perdido en nuestro país. El futuro nos lo muestra Europa, donde en países como Alemania el farmacéutico está incluso mejor valorado que el médico – hasta a la hora de acceder a la universidad con una nota de corte mayor que en Medicina. 

Por último, en lo que respecta a la legislación, poco se puede hacer. Pero el farmacéutico del siglo XXI no tiene lugar sólo en oficina de farmacia, por lo que aquellos que desempeñen un papel en el ámbito legislativo, deben promover la actualización del modelo de copago y del sistema sanitario para un mejor funcionamiento. ¿Tal vez convendría incrementar las responsabilidades permitiendo la prescripción como en Estados Unidos?

(Este trabajo ha obtenido el segundo premio en el  III Concurso de Ensayo para Alumnos de Farmacia organizado por la Asociación Española de Farmacia Social, la Federación Española de Estudiantes de Farmacia y Correo Farmacéutico)

MARÍA PILAR DE TORRE FERNÁNDEZ   

photo credit: 287P9832 via photopin (license)

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